Museos
Una mirada hacia esa indescriptible sensación de encontrar cierta paz en los museos.
Siempre he sentido una atracción extraña e inexplicable por los museos, un espacio que podría ser la antítesis de aquello que el antropólogo Marc Augé definió en 1992 como ‘no lugares’. El autor definió los ‘no lugares’ como un espacio intercambiable que carece de identidad, historia y relación y donde el ser humano permanece anónimo. Los ‘no lugares’ son, por definición, pasarelas de tránsito o consumo: aeropuertos, centros comerciales, hoteles, etc., asociados a la inmediatez y la falta de arraigo social y cultural. Espacios que solo producen relaciones efímeras y provisionales con unos habitantes momentáneos que se sienten profundamente desvinculados y ajenos a todo lo que suscitan.
Si atendemos al concepto introducido por Augé, efectivamente, los museos podrían edificarse como la antítesis de ese ‘no lugar’. El lugar por antonomasia, quizás. ¿Qué puede existir que tenga más identidad e historia que los pasillos de un museo? ¿Qué lugar puede albergar una función menos utilitarista y más simbólica que estos espacios?
Desde mi juventud siempre he adorado pasear por los museos. Sin rumbo, sin intención, sin una ruta predefinida; solo dejándome llevar por las sensaciones, por las conexiones invisibles que se crean y alimentan entre las obras. Así fue como descubrí, hace años, una de mis esculturas favoritas en el Museo del Prado. Caminaba con la única voluntad de encontrarme con el par de amigos con los que había acudido al museo, dos compañeros de la Facultad de Ciencias de la Información a los que había perdido en alguna de las salas y con los que quería reencontrarme sin necesidad de usar el teléfono móvil. Fue de esta forma como, inmerso en ese paseo contemplativo y silencioso, me topé de soslayo con la Isabel II, velada de Camillo Torreggiani. La vi de reojo y enseguida me invadió una sensación indescriptible: tuve que girarme y mirar esa pieza virtuosísima esculpida en mármol de carrara. En ese momento se me olvidó por completo la búsqueda de mis acompañantes; me quedé asombrado mirando la escultura por todos sus costados. No podía, ni quería apartar la vista de esos pliegues en el velo.
Si uno pasea por un museo, da igual cual sea, puede olvidar durante un rato todo lo que pase más allá de sus puertas. No importa cuál sea el momento que atravieses en la vida; en el museo estáis tú y la Historia que desfila a través de las obras de Arte. No hay afuera. Durante tu paseo por el Prado no existe tu trabajo, ni la presión de tu jefe por llegar a unos números que solo y nada más engordarán su cartera. Mientras pasas la tarde en la National Gallery londinense puedes olvidar durante unas horas que tu vida no consigue arrancar como tú deseases. Incluso entre las paredes del Royal Museum of Fine Arts de Bruselas puedes llegar a encontrar la paz durante un rato a pesar de que tu mundo, tu relación o tu familia se esté desmoronando por completo. Los museos tienen esa extraña capacidad de generar una especie de tregua inefable que a mí me resulta prácticamente imposible encontrar en cualquier otro espacio.
Un museo puede llegar a ser, incluso, un antídoto contra la pérdida, la enfermedad y el duelo. Así lo atestiguó Patrick Bringley en su ensayo Toda la belleza del mundo. En sus páginas, el escritor narra como, tras el cáncer terminal y el fallecimiento de su hermano mayor, sintió la necesidad imperiosa de abandonar su incipiente carrera periodística en The New Yorker para convertirse en vigilante del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MET). Buscaba escapar del cotidiano bullicio neoyorquino y encontrar un refugio temporal, necesitaba salir de la rueda y, gracias a un pensamiento muy humanista, lo buscó en el lugar más bello que conocía. Durante una década, en los pasillos del MET, entre obras de Arte y cautivado por un silencioso universo repleto de conexiones, Historia e historias, consiguió reconciliarse con la vida y encontrar una cierta paz y el consuelo necesario para asumir el duelo y la ausencia como parte ineludible del proceso.
Por otra parte, los museos, además, tienen ese discreto encanto que solo unos pocos saben apreciar: el de guardianes de la belleza. Quizás por eso haya personas, entre las que me incluyo, por supuesto, que disfruten de eso que se ha dado en denominar como ‘museum dates’. Desde mi punto de vista, existen pocos lugares más interesantes para una cita que un museo. Una ‘museum date’ te permite conocer a una persona sin la prisa de la ciudad, con la calma y la naturalidad del paseo. Incluso desde sus silencios y la contemplación. Yo, por ejemplo, disfruto muchísimo de la imagen de mi mujer caminando por el pasillo de un museo o detenida frente a una obra de Arte colgada en la pared, ya sean Les Tournesols de Van Gogh en Londres o El jardín de las delicias de El Bosco en Madrid. En mi retina esos discurrires se articulan como una especie de planos secuencia cinematográficos que luego pasarán por la sala de montaje del recuerdo. En esos momentos siempre me viene a la mente esa frase tan manida que reza que “incluso en un museo, rodeado de obras de Arte, yo te seguiría mirando a ti”. Un verso que también me sugieren las fantásticas, cálidas y sugerentes fotografías de Marcus V. Richardson que inspiran, precisamente, una cita en el museo. Un deleite para la mirada; Arte junto al Arte. Un paseo que rememora tantos y tantos momentos en esos lugares tan identitarios, mágicos y cargados de significado como son, fueron y serán siempre los museos.












